«Pedagogía Andariega, 7: Escribo, luego existo».
   

De cómo, si por mí fuera, empaquetaría los libros de las bibliotecas escolares y los mandaría al “rincón de pensar”.

¡Dejémosles que se expresen, demontre!


Ese aforismo inicial que encabeza el artículo no es mío, Molinera. Se lo he pedido
prestado a mi amigo Agustín Eguíluz, un arquitecto recientemente
jubilado, el cual, después de toda una vida levantando edificios para la
posteridad, se ha dado cuenta que, para trascender, lo único
verdaderamente duradero es la escritura, la propia escritura.

No entiendo, Molinera, ese empeño porque los niños lean libros de adultos. Me
refiero a ese mantra machacón, tanto en colegios, como en familias y
medios de comunicación, que da por supuesto que la lectura de los libros
existentes en las librerías y bibliotecas (ya infantiles o de mayores)
equivale a “adquirir cultura”, “dominar habilidades lingüísticas” o
“mejorar la autoestima”.

Si
por mí fuera, empaquetaría los libros de las bibliotecas que no han
sido escritos por los propios niños del pueblo o de la ciudad donde
viven y los mandaría al cuarto oscuro donde se guardan los utensilios de
limpieza. A estas edades con las que trabajamos decir a un niño que lea
esos libros bellamente ilustrados, ¡sí!; de autores consagrados, ¡por
supuesto!; publicitados por editoriales muy rentables, ¡faltaría más! …
supone introducirlo en un mundo consumista y homologado donde se
trabajan temáticas globalizadas y ajenas. Temáticas “ad hoc”,
milimétricamente calculadas para que causen el efecto económico e
ideológico deseado.

¿Entiendes,
Molinera, lo que te digo? Te lo diré de otro modo para que me
comprendas. Imagínate que llevamos a un niño al circo y le decimos que
se siente. Que se siente y que contemple atentamente las cabriolas,
saltos y prodigios que un malabarista virtuoso. ¡Quedará maravillado,
sin duda! A continuación, ya fuera, le decimos que intente hacer él lo
mismo. Efectivamente, comenzará hacer sus pinitos, pero pronto se dará
cuenta de que no puede imitar al artista de dentro, que no tiene
aptitudes para eso… (a consecuencia de lo cual, se acomplejará y dejará
de intentarlo).

En
nuestro caso, con la escritura, sucede lo mismo. Sentadle a que lea y, a
posteriori, si algún niño intenta expresarse a su modo, se verá de
inmediato remedado en su cuaderno con un sembrado repelente de
rotuladorazos de color fosforescente realizados por su admirada “profe”.
“¿Para qué voy a escribir yo, o para qué voy a leer lo que escriben mis
compañeros si hay autores famosos que lo hacen por nosotros?” –se dirá.
¡Y lo mismo podríamos decir con sus propios dibujos, composiciones
musicales o expresiones artísticas originales!

Por poner otro ejemplo, te hablaré de mí mismo, de mi propia experiencia. Fíjate: al
tiempo que escribo, siento que vivo, que permanezco atento, tanto a lo
que he visto que sucede a mi alrededor, como a lo que sucede dentro de
mí mismo. ¡Y te digo más! Soy consciente de que mis palabras son el
adobo con que embalsamo mis reflexiones: el sarcófago mágico que
preservará de la podredumbre las experiencias e ideas que, sobre la
Pedagogía Andariega, fagocito dentro.

Es
verdad que corro el riesgo, lo sé, de que, a diferencia de escritores
consagrados, mis escritos sólo queden en pura verborrea. Un fuego de
artificio barato que, a la postre, solo exhalará humo y ruido…. Sin
embargo continúo escribiendo. Y ello porque las palabras son como seres
vivos que bullen dentro de mí y dan consistencia a mi propio
pensamiento
… ¡Pero si el propio movimiento de mi mano al plasmarlas
expresa como nadie el ideario andariego que me anima!

Si
esto es lo que siento yo, burrita mía, que soy adulto, ¿qué no sentirá
la niña o el niño que se halla en fase de descubrirse a sí misma, a sí
mismo? Para ellos escribir sus pensamientos y experiencias resulta
esencial para fijar y mantener su peculiaridad, su originalidad.
Escritos, por otra parte, que cuentan mucho de ellos mismos: de las
luces y las sombras de que disfrutan y padecen diariamente. Escritos que
servirán para, como me sucede a mí, fortalecer su personalidad y
aportar un material que servirá, además de para disfrute de familiares y
amigos, de columna vertebral de su individualidad.

A mi abuela le gusta el morado: siempre se pone pantalones, camisetas y calcetines de ese color.
Es muy buena. Tiene 75 años y viaja por todo el mundo: por Estambul, Inglaterra, Ámsterdam, Marruecos…
Es
gordita, sonríe mucho y nos deja vivir en su casa. Le gusta comer
chuches y tartas. También le gustan los niños, los visitantes y los
animales.
Tiene
un perro que se llama “Percy” y otro que se llama “Tornillo”. Le gusta
pasearlos y también pasear con nosotros cuando estamos juntos.
Tiene un jardín y lo riega. Escucha música cuando se va a dormir y me admira con todo su corazón.
¡Te quiero mucho, abuela!.

¡Y
no digo nada de sus dibujos, canciones tarareadas, gesticulaciones y
movimientos corporales espontáneos…! No he conocido a ningún artista más
expresivo e imaginativo que un niño desarrollando espontáneamente sus
propias creaciones
. 
¡Dejémosles que se expresen, demontre!

En
fin, Molinera… lo que te decía al principio: si por mí fuera,
empaquetaría los libros de las bibliotecas escolares y se los remitiría a
sus autores, a sus editoriales o a las tiendas donde se han adquirido
para que los pusieran en el “rincón de pensar”.

La
reunión de hoy la he organizado con el profesorado para tratar sobre
esta temática. Lo vamos a hacer dando vueltas alrededor del patio de
recreo. ¡Ya sabes que soy alérgico a las aulas…! Sé que la mayoría va a
manifestar su desacuerdo con esa idea que preconizamos. ¡Qué disparate!
–dirán llevándose las manos a la cabeza.
A continuación, con
respecto a la ausencia de escritos de sus niños en aulas y biblioteca de
Centro, se van a exculpar diciendo que no tienen tiempo para leer
atentamente y corregir, uno por uno, todos sus escritos (¡menos aún para
editar y reproducir dichos textos con la burocracia a que están
sometidos!). Incluso alguno de “Lengua”, constatará que no se fía del
aprendizaje autónomo; que sus “niños” no tienen vocabulario suficiente
para expresar sus emociones…; que tienen que dar los contenidos que fija
la legislación.

¿Legislación? ¿“Circunscribir su vocabulario a las distintas formas de comunicación que caracteriza el lenguaje escrito”? ¡Valiente
galimatías! ¡Como si los niños necesitaran de un lenguaje enrevesado
para expresar un sentimiento, una constatación o una necesidad…
¡

“Señores
profesores–les diré-. Lo importante no es cómo se escribe, sino lo que
se escribe: ese cúmulo de ideas y aportaciones que todos necesitamos
echar a volar”. ¡Y más aún, hoy en día en que la expresión escrita
individual, lo mismo que la escritura a mano o la exposición de ideas
propias, se halla en franca regresión debido al manejo automatizado de
emoticonos e inteligencias artificiales!

Animaré
al profesorado a que siga la doctrina de Celestine Freinet, aquel
pedagogo que con tanto ahínco favoreciera el texto libre y la corrección
comunitaria. A que permitan y celebren el que, en cualquier sitio y
momento, los niños escriban. Les insistiré que en la Pedagogía Andariega
no nos interesa lo sabido, lo consagrado, ni mucho menos lo
culturalmente establecido. Antes bien, que preferimos recorrer nuestro
propio itinerario personal. Un camino ascendente y curvilíneo que nos
conducirá, sin duda, a querer, algún día, desempolvar aquellos libros
embalados e interesarnos por lo que allí pone.

En
fin. Por nuestra parte no va a quedar. Hoy mismo, recogeremos de mano
del profesorado los textos y dibujos de niños y menos niños que nos
tengan preparados y los editemos en forma de libritos colectivos.
Libritos que se los regalaremos cuando volvamos la próxima vez y que
pasaran a formar parte de la Colección que, desde hace años y en tu
honor, Molinera, denominamos
“Arre burrita”.

(Pulsar aquí para acceder al contenido)

Como
colofón del encuentro, y siempre caminando, iremos leyendo
sucesivamente los textos de este libreto que traemos hoy a colación y
que reproducimos en formato PDF. Un compendio de cuentos, poesías,
anécdotas y emociones que bien merecen, no ya un “Premio Planeta”, sino
todo un “Galardón Sideral de la Pedagogía Andariega”.

Isidro García Cigüenza, y Molinera.

 Ver artículos anteriores de
Isidro García Cigüenza
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