La educación en la primera infancia es un derecho para todos los niños, 
y la condición de discapacidad no puede ser un motivo para privarles de ella. 
Son muchos los estudios demuestran las bondades de la educación inclusiva desde las etapas tempranas. 
Los niños con discapacidad aprenden como cualquier niño, 
participando en actividades funcionales, por repetición de estrategias 
que les ayudan a desarrollar habilidades de autonomía, independencia y sociabilización.  
Y la diversidad enriquece a todos, no sólo a los niños con discapacidad, 
pues los aprendizajes se construyen también interactuando y relacionándose con iguales.

Margarita Cañadas*,

Para crear sociedades más tolerantes y
respetuosas hay que estar de frente a las diferentes realidades, ya sean
económicas, sociales o por situación de discapacidad. La participación
de los niños en sus rutinas habituales, con interacciones de calidad con
sus padres o docentes, es la manera óptima de favorecer el desarrollo
infantil.

A pesar de las ventajas conocidas y la apuesta de los sistemas
educativos de muchos países por potenciar la inclusión, en las edades
más tempranas, las comprendidas entre los 0 y los 6 años, no es una
práctica tan generalizada.

Ante el nacimiento de un hijo con discapacidad, las familias se ven
envueltas en un sistema sanitario que dista mucho del modelo educativo
inclusivo
. El modelo médico que sigue imperando en muchos países incita a
las familias a buscar muchas horas de terapia y tratamientos
rehabilitadores que difícilmente se pueden compaginar con la asistencia a
un centro educativo.

Al mismo tiempo, los centros educativos de la primera infancia no
suelen tener los apoyos necesarios para dar respuesta al alumnado con
necesidades especiales respecto a las que los docentes no se sienten
capacitados para atender de manera óptima. 

Es por ello que, en muchas ocasiones, lejos de pensar en ofrecer las
intervenciones necesarias a los niños en el centro educativo, las
familias se ven obligadas a renunciar a la escolarización en estas
etapas
para que sus hijos reciban los tratamientos adecuados en centros
especializados. 

En contra de esa realidad, las prácticas basadas en la evidencia
promulgan que el mejor tratamiento para los niños son las estrategias de
intervención que se ofrecen dentro de sus actividades diarias, en la
casa o el centro educativo
. Ese cambio de enfoque supone que un momento
como el del almuerzo sea el espacio idóneo para potenciar el desarrollo
motor y de la deglución, o que el momento del juego al aire libre sea un
espacio en el que trabajar la motricidad, el equilibrio, las relaciones
sociales o la adaptación a los estímulos, etc. 

Parece una paradoja hablar de inclusión y que los niños con
discapacidad pasen horas en terapias individualizadas fuera del aula.
Necesitamos un cambio de creencias en el que el aula de educación
infantil sea el espacio idóneo para el aprendizaje de todos los niños,
tengan o no necesidades educativas especiales. 

Al hablar de educación inclusiva no podemos conformarnos sólo con el
número de niños con discapacidad que están matriculados en las aulas, se
requiere que los niños convivan en el mismo espacio durante la jornada
escolar, ofreciendo igualdad de oportunidades para la participación, lo
cual les permita aprender en igualdad de condiciones. 

Los niños necesitan tener parte activa en el aprendizaje y para ello
es necesario que las aulas tengan a los profesionales con la formación y
el tiempo para ofrecer lo mejor a cada niño. 

A modo de ejemplo, en España nos encontramos con una normativa que
establece que un docente debe atender a 20 niños de 2 a 3 años. Las
ratios actuales en muchos países, no permiten la educación inclusiva de
la que estamos hablando
. Es por ello que, ante la angustia de muchos
docentes por no poder dar respuesta a los niños con discapacidad,
incitan a las familias a buscar cada vez más terapias externas y
tratamientos individualizados que privan al niño de convivir con sus
iguales. 

Si bien hace décadas que se viene hablando de estos conceptos y sus
limitaciones, no siempre se ha realizado un proceso de implementación
eficaz de prácticas recomendadas basadas en la evidencia, y eso hace
complejo que sea una realidad en todos los países. 

Los sistemas educativos deben diseñar planes de implementación de
prácticas inclusivas en la primera infancia,
contando con la
participación de docentes, directivos, políticos, familias y otros
agentes implicados como el ámbito sanitario. 

Es necesario contar con una infraestructura personal y también
económica. La formación de los profesionales requiere de un
acompañamiento directo y del manejo de situaciones reales en las que
ofrecer oportunidades para comprobar in situ las ventajas de la
inclusión en las primeras etapas. Los profesores deben comprender que la
inclusión no es sinónimo de que todos los niños tengan que hacer lo
mismo y si no, mejor que estén fuera en terapias. 

Los cambios de enfoque son más complejos que la redacción u
aprobación de Leyes.
La inclusión supone reconocer al otro en igualdad
de condiciones 
y darle la oportunidad de participar según sus
posibilidades.
 
 

*Margarita Cañadas, directora del Centro de Educación Infantil y
Atención Temprana L´ Alquería de la Universidad Católica de Valencia de
España.

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