«Hay que
reconsiderar el modo en que concebimos el éxito y la idea meritocrática 
 de que quienes están arriba en la sociedad han llegado allí por sí
mismos. 
Significa también cuestionar desigualdades de riqueza y de
estima social 
que hoy son defendidas en nombre del mérito», anota
Michael J. Sandel.
 Millones de personas que son menospreciados por el sistema como losers,
entre ellos jóvenes y  adolescentes:
¿El cuento del ‘ascensor social’ ha perdido su poder de seducción?.   

Pese al fuerte rebrote de los contagios por el coronavirus, pese
al estremecimiento que produce la elevada cifra de víctimas, pese a los
interrogantes sobre la eficacia a largo plazo de las vacunas, pese al
sentimiento de vulnerabilidad biológica que ha arraigado en el mundo por
la furia de la pandemia, en el último barómetro del CIS, al ser
preguntados por los tres principales problemas existentes en la
actualidad en España, los encuestados citaron mayoritariamente la
economía.

Podrá argumentarse, no sin razón, que esa reacción obedece a los
estragos que la pandemia está ocasionando en las finanzas de numerosos
hogares españoles. Pero es una explicación insuficiente: hace un año,
cuando aún no había noticias del coronavirus, el porcentaje que
mencionaba la economía entre los tres problemas del país era incluso
mayor, entre otras cosas porque la angustia económica se alzaba con
nitidez por encima del resto de las preocupaciones. Ahora esa angustia
se comparte con la sanitaria.

Más temprano que tarde, la pandemia será derrotada. Y el mundo,
España incluida, tendrá que ocuparse de la economía. Pero esta vez en
serio. Porque ya no valdrán apaños coyunturales para «volver a los
niveles de producción anteriores a la crisis», como suelen cacarear los
gobernantes en cada colapso económico. Cada vez son más las señales que
presagian el inminente fin de una época. El discurso con que se ha
sostenido en las últimas décadas el modelo económico –bondades de la
meritocracia, posibilidad de escalar socialmente mediante el esfuerzo
personal, beneficios de la globalización, etc.- está haciendo aguas por
todas partes
: las desigualdades no hacen más que acentuarse; las
probabilidades de ascenso social se han estrechado; la globalización,
por positiva que sea en muchos aspectos, está dejando demasiadas
víctimas en el camino.

Dos libros recientes, escritos desde distintas perspectivas
ideológicas, nos plantean la encrucijada en que nos encontramos. Uno es La tiranía del mérito (ed.
Debate), del filósofo político Michael J. Sandel, que desmonta sin
contemplaciones uno de los relatos más atractivos y poderosos de los
defensores del actual sistema económico: el de la meritocracia. «Cuando
la gente se queja de la meritocracia, suele hacerlo no porque esté en
contra del ideal, sino porque entiende que no se está llevando a la
práctica. Pero, ¿y si el problema fuera más profundo? ¿Y si el verdadero
problema de la meritocracia no es que no la hayamos conseguido todavía,
sino que el ideal en sí es defectuoso? ¿Y si la retórica del ascenso ha
dejado ya de inspirarnos, no solo porque la movilidad social se ha
estancado sino, y de manera fundamental, porque ayudar a que las
personas puedan escalar los dificultosos peldaños que llevan al éxito es
un proyecto político vacío que evidencia una concepción empobrecida de
la ciudadanía y la libertad?
«, pregunta Sandel.

Aunque el profesor de Harvard se refiere fundamentalmente a la
situación de Estados Unidos, sus reflexiones son extensibles al resto
del mundo. Las críticas más aceradas las dirige a los progresistas que
han abandonado las políticas de comunidad y de dignificación del trabajo
y se han sumado al discurso del ascenso social. Especialmente duro se
muestra con los expresidentes Clinton y Obama por haber contribuido a la
entronización del «credencialismo», como denomina al culto por las
titulaciones en universidades de élite, que hoy representa uno de los
grandes instrumentos de discriminación social. Según Sandel, aquel
pareado de Clinton «what you earn depends on what you learn»
(«lo que ganas depende de lo que estudias») ayudó a apuntalar un sistema
que, basado en el principio engañoso de la igualdad de oportunidades,
otorga privilegios desmedidos a los que logran llegar a la cima y
provoca un sentimiento de frustración y humillación a millones de
personas que son menospreciados por el sistema como losers (perdedores).

El profesor ilustra con algunos datos interesantes los efectos
de la cultura meritocrática: a finales de la década de los 70, los
graduados universitarios ganaban alrededor de un 40% más que los
graduados de secundaria; en la primera década del siglo XXI cobraban un
80% más. En el mismo periodo, lo directores generales de las grandes
empresas ganaban 30 veces más que el trabajador medio; en 2014, sus
ingresos eran ya 300 veces superiores. «Hay que reconsiderar el modo en
que concebimos el éxito y hay que cuestionar la idea meritocrática de
que quienes están arriba en la sociedad han llegado allí por sí mismos.
Significa también cuestionar desigualdades de riqueza y de estima social
que hoy son defendidas en nombre del mérito», anota Sandel.

El otro libro es The Coming of Neo-Feudalism: A Warning to the Global Middle Class (La
llegada del neo-feudalismo: una advertencia para la clase media
global), cuyo autor, el experto en estudios urbanos Joel Kotkin,
desarrolla con más detalle su ya conocida teoría de que las sociedades
se están compartimentando en clases cada vez más estancas
, entre las
cuales ha dejado de funcionar el ascensor social.

Según Kotkin, los tres viejos ‘estados’ feudales –la
aristocracia, el clero y los comunes- han sido reemplazados por la
oligarquía (representada fundamentalmente por los grandes grupos
tecnológicos y el sector financiero), la ‘cleresía’ (una élite
intelectual que se reparte entre el gobierno, los medios, las
universidades, la cultura y las profesiones liberales) y un tercer
estado, que el autor divide en dos grupos: el de los pequeños
empresarios contra los que gigantes como Amazon no pueden competir (por
ejemplo, el peluquero o el panadero de barrio) y el de los empleados de
base, muchos de los cuales han pasado de ser proletariado a precariado por la fragilidad material en que viven.

El autor sostiene que, del mismo modo que en la antigüedad el
clero servía de apoyo ideológico a la aristocracia, la élite intelectual
arropa hoy a la oligarquía, e identifica a ambas con el progresismo. La
principal víctima de ese nuevo orden neo-feudal es, a su juicio, la
clase media. El discurso de Kotkin, que ha recibido críticas por
especulativo y efectista, exhala un tufo libertario y cae como anillo al
dedo a las tesis de los populistas de derechas. Sin embargo, no deja de
ser interesante como materia de debate, en un momento en que en amplias
capas de la sociedad crece el descontento ante un engranaje en el que
unos pocos acumulan cada vez más riqueza mientras la mayoría malvive en
la incertidumbre y la inestabilidad.

Desde ópticas bien distintas, Sandel y Kotkin coinciden en que
el actual modelo está exhausto. Que el cuento del ‘ascensor social’ ha
perdido su poder de seducción. También coinciden, con distintas
intenciones y argumentos, en achacar al progresismo una alta carga de
responsabilidad en la situación. «Para cuando Trump resultó elegido»,
señala Sandel, «el Partido Demócrata ya se había convertido en una
formación del ‘liberalismo’ tecnocrático, más afín a la clase de los
titulados con educación superior que al electorado obrero y de clase
media que, en su día, había constituido su base. Lo mismo ocurría en
Gran Bretaña con el Partido Laborista en el momento del referéndum del
Brexit y también con los partidos socialdemócratas europeos».

El hecho es que nos hallamos en un momento decisivo al cual no
es ajeno España, donde las encuestas vienen avisando con tozudez de que
la economía es el gran problema del país. La pregunta es si aún se está a
tiempo de rectificar y si los dirigentes tendrán el coraje para
hacerlo. Seguir poniendo paños tibios a un cuerpo inobjetablemente
enfermo solo juega a favor de los populistas. Si no, pregúntenle a Vox.     

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