Víctor Saura,
Tonucci.
“Tengo 80 años y es la primera vez que he vivido una
experiencia así, imagínate lo que ha sido para los niños”, comenta
Francesco Tonucci, pedagogo italiano, alter ego del dibujante Frato, y
una de las voces mundialmente más respetadas en materia de infancia. La
cuarentena le ha dejado recluido en casa durante tres meses y le ha
aclarado la agenda, pero ha estado tan activo como siempre en su lucha
por que los adultos escuchemos más a los niños, sin filtros ni
prejuicios. Y que las ciudades se desarrollen pensando en ellos y no en
los coches o las prisas. Hace unos días Tonucci participó en un webinar
sobre la importancia de la participación infantil en el marco del
proyecto Alimentando el Cambio, que promueven la Fundación Ashoka y
Danone, junto con la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad
(SEEDO) y el Ministerio de Educación y FP.
Los viejos y los niños hemos sido los más afectados por este virus.
Nosotros, porque el virus nos mata, y los niños porque no podían
entenderlo. Yo he estado tres meses encerrado y sin ver a mis hijos ni
mis nietos, y lo raro fue ver cómo mi agenda, que en marzo estaba llena
de viajes y compromisos, se vació de repente. Aunque ahora ya se ha
vuelto a llenar. Lo que me sorprendió mucho es que, en esta situación de
dificultad y de crisis, se ha generado una audiencia mucho mayor de la
habitual. Yo he participado en conferencias virtuales en las que había
70.000 y 100.000 personas escuchando. Para llegar a un público así yo
tengo que viajar mucho, y cada vez me cuesta más hacerlo. En realidad,
cada vez que se borra un viaje de mi agenda para mí es una pequeña
alegría.
¿Qué lecciones deberíamos sacar de esta situación?
Antes de que empezara esto todos estábamos, por suerte, reflexionando
y preocupados por el medio ambiente. Pero ahora parece que esa
preocupación ha desaparecido, Greta ya no es noticia, sino algo del
pasado. Y sin embargo es un tema que sigue ahí, encima de nosotros, con
toda su gravedad. Y probablemente las dos cosas estén relacionadas, y no
sea casual que donde más ha afectado el virus es donde más
contaminación hay. Es decir, en nuestras ciudades más desarrolladas y
más ricas. Este es un virus rico, que viaja en avión, y por eso llega
rápido y a todas partes, mientras que antes los virus eran más lentos
porque viajaban en barco. Pero, a la vez, ha afectado especialmente en
los lugares de mayor masificación, donde vive la gente en peores
condiciones. Y esto me lleva a pensar que ocurre lo mismo en las zonas
de monocultivos intensivos, en los que es más probable que ocurra algo
grave. Y que sobre todo este virus ha afectado donde tenemos el
monocultivo de ancianos, en las residencias. Es decir, la pérdida de
diversidad se convierte en debilidad. Y esta lógica vale también para la
escuela, que establece grupos de edad homogéneos, lo cual la vuelve más
frágil.
¿Los niños no deberían estar agrupados según su año de nacimiento?
Por supuesto que no, por el principio que comentaba: a menor
diversidad mayor empobrecimiento. El error de tener niños iguales es que
te lleva a pensar que efectivamente son iguales. Y no lo son, pero lo
pensamos, y los libros de texto y los programas escolares están hechos
con este criterio. No hay ninguna otra experiencia en nuestra vida
cotidiana donde se reproduzca este esquema de grupos homogéneos de edad.
Ni en la familia, ni en el trabajo… Siempre que doy una charla en un
teatro le pregunto al público cómo se sentiría si, al entrar, a cada uno
le mandáramos a una fila en función de si está en los treinta, los
cuarenta o los cincuenta años. No tendría sentido y más de uno se
rebelaría.
Las dos principales referencias de mi formación como maestro y
pedagogo son de clases en las que había mezcla de edad. En primer lugar,
la experiencia de Freinet, un maestro que en tiempos de entreguerras
tenía un aula de 40 niños de 4 a 16 años y que tenía muy poca voz y
salud, porque era tísico, y al que con sus 10 minutos de voz al día no
le quedó más remedio que imaginar una escuela en la que los alumnos se
enseñaran entre ellos. La otra experiencia es la de Don Milani y su
escuela de Barbiana, cerca de Florencia; también él era una persona
enferma, que murió joven, y también aquí los mayores ayudaban a los más
pequeños. Y en ambas experiencias los mayores también aprendían cosas de
los pequeños.
Algunas voces han considerado que los niños han sido los grandes olvidados de esta crisis. ¿Comparte esta opinión?
Totalmente. Es lo primero que denunciamos desde el proyecto de la
Ciudad de los Niños. En Italia, casi la mitad de los 30.000 muertos son
ancianos que vivían en residencias, pero desde el principio todos
notaron que los niños y las niñas eran los que vivían esta experiencia
de la manera más difícil, porque era difícil para ellos entender el
sentido y soportarlo. Vivir encerrados en casa, sin poder conectar con
sus amigos… Cuando en Italia se empezó a hablar de los niños lo que nos
sorprendió es que empezaron a salir en televisión mis colegas psicólogos
para dar consejos a los padres y mis colegas pedagogos para dar
consejos a los maestros. Y nadie pensó en hablar con los niños. Nosotros
lo primero que hicimos fue invitar a los alcaldes de las ciudades de
nuestra red internacional a hablar con los niños, a enviarles mensajes y
convocar los consejos de niños y niñas. Y entonces empezamos una
investigación, proponiendo un cuestionario a estos niños y niñas para
que nos dieran su punto de vista de lo que estaba pasando. Y salieron
tres elementos, que fueron siempre los mismos al margen del país donde
se realizó la encuesta. El primero es que los niños echaban de menos a
sus amigos. A veces escribían que extrañaban la escuela, y algunos
periodistas explicaron que, por primera vez, los niños echan de menos su
escuela, pero en realidad era a los amigos. Lo que pasa es que desde
hace años el lugar de los amigos es la escuela, cosa que es una
equivocación grave, porque el lugar de los amigos tiene que ser la
calle. Hace poco Frato dibujó una viñeta en la que se decía que de la
escuela han desaparecido los recreos, las entradas y salidas… y se han
quedado solo los deberes y las clases. Es decir, que la escuela ha
quedado reducida a lo que no gusta.
¿Y qué otras dos cosas decían los niños?
Lo segundo que dicen es que lo han pasado bastante bien con sus
padres, es decir, que nunca antes habían tenido a sus padres tanto
tiempo para ellos, y que la experiencia les ha gustado, porque han hecho
y han aprendido cosas juntos. Y lo tercero que salió es que están
hartos de deberes, y están cansados y aburridos de seguir clases a
través de una pantalla.
La primera semana parecían unas pequeñas vacaciones, porque
iba a ser poco tiempo, pero luego ya se vio que iba para largo, y claro,
había que seguir el temario…
Yo me atreví a proponer a la escuela que considerase la casa como un
laboratorio; es decir, si el mundo de los niños se ha reducido a su
casa, y lo están pasando bastante bien con sus padres, ¿por qué no
pedimos a los padres que ayuden a la escuela, asumiendo una especie de
papel de asistentes en este laboratorio nuevo que es la casa? Había que
cambiar la naturaleza de los deberes y renunciar por un tiempo al
programa, los libros de texto y los deberes tradicionales. Hagamos otra
cosa. Pidamos a los padres que ayuden a la escuela, pero para hacer con
sus hijos las mismas cosas que hacen siempre: poner una lavadora, tender
la ropa, plancharla, cocinar… La cocina se tenía que considerar como un
laboratorio de ciencias, y que un maestro les dijera a sus alumnos que
para mañana el deber es preparar una pasta, y que cada semana haremos un
plato diferente, y la escuela trabajará sobre estos deberes, porque
trabajará sobre la matemática de la pasta, las cantidades, el peso, la
duración de la cocción, la temperatura… o incluso el lenguaje de la
receta… Esto se lo propuse a muchos países.
Ya sabemos que es difícil convencer a los maestros de que dejen sus
costumbres. Yo les decía que estamos en un momento raro, y nadie os
controla demasiado, con lo que podéis aprovechar para intentar una cosa
nueva, y que si funciona, adelante, y si no lo hace, cuando vuelvas a la
escuela vuelves a lo de siempre. Me consta que quien lo probó lo valoró
muy bien, porque este laboratorio gustó a los niños y también a las
familias, ya que no tenían que ayudar a los hijos a hacer cosas que no
sabían hacer. Y, sobre todo, gustó a quienes tenían situaciones más
complicadas de falta de dispositivos. Pero esta fase ya está acabada y
ahora nos asomamos a la segunda, que es pensar qué hacemos ahora.
Eso le quería a preguntar. Aquí ha habido un debate muy
fuerte porque la mayor parte de niños estarán seis meses sin pisar su
centro educativo, ya que en España se han abierto los centros en junio
pero de forma muy limitada, han ido muy pocos alumnos.
En Italia no se ha abierto nada.
Pues aquí hay quien sostiene que esa desconexión de tantos
meses traerá mayor desigualdad y un incremento en la tasa de abandono
escolar prematuro. Me gustaría saber su valoración.
No sé si eso ocurrirá, pero si lo hace sería una prueba de que la
escuela no es la que se necesita. Uno no pierde a sus amigos por estar
seis meses sin verles, al contrario, cuando les vuelves a ver es una
fiesta. Si la escuela pierde alumnos porque ha ocurrido este incidente
significa que no era lo que la ley ofrece y promete, y luego diré por
qué me refiero a la ley. Yo creo que en este tiempo los niños y las
niñas han aprendido mucho, y me gustaría que la escuela ahora no se
preocupara de saber si se acuerdan de las clases que han tenido por
pantalla, o si se acuerdan de lo último que aprendieron antes de la
cuarentena. Me gustaría que trabajara intensamente sobre todo para saber
lo que ganaron en términos de competencias. En nuestros cuestionarios
muchos niños han dicho que han aprendido a cocinar, o a quedarse solos, o
a hacer menos cosas que las deseadas… ¡Esto son temas enormes! A nivel
emocional se puede trabajar muchísimo, han tenido que asistir a escenas
impresionantes, con montones de muertos, y es probable que muchos niños
hayan perdido a alguien de su familia. Hay que reflexionar sobre esto y
es un trabajo enorme al que creo que la escuela tiene que sumarse. La
escuela no tiene que hacer psicología, yo nunca les he pedido a los
maestros que hicieran de psicoterapeutas, pero hay que exigirles que el
mundo entre en la escuela. Por eso propuse la casa como laboratorio,
porque el mundo de los niños había quedado restringido a su casa. Una
sugerencia que daba durante el confinamiento es que los niños tuvieran
un diario secreto, un lugar donde desahogar sus sentimientos, alguien
con el cual hablar, y, si querían, tenerlo secreto. Porque los niños lo
van a olvidar todo, tienen una capacidad de resiliencia más fuerte que
la nuestra, pero han vivido una experiencia muy rara y tener memoria de
esta experiencia puede ser interesante para ellos, para reelerlo pasado
mañana con sus hijos.
Dice que los maestros no tienen que hacer de psicólogos, pero
a la vez se da mucha importancia al acompañamiento emocional que
tendrán que hacer en septiembre, para poder evaluar las secuelas que
este periodo haya podido dejar en cada uno de sus alumnos. ¿Esto no les
obliga a ser un poco psicólogos?
Las emociones forman parte del mundo de los niños, y como tal son
competencia de la escuela. La cuestión es si la escuela se ocupa
únicamente de sus disciplinas o si lo hace del mundo de los niños. En mi
opinión, una buena escuela debe tener las puertas abiertas para que
puedan entrar las experiencias de los niños. En este caso ha sido lo que
han vivido dentro de casa, pero espero que mañana sea lo que vivirán
fuera de casa y de la escuela. El mayor regalo que podrían tener los
niños después de esto es que sus padres les den más autonomía, para que
en su memoria se junten la tristeza del confinamiento con la conquista
de la autonomía, esa sería la mejor forma de que les quede un buen
recuerdo de esta experiencia. Y esto también vale para la escuela.
Freinet propuso el texto libre, que es exactamente esto: si te ha
ocurrido algo importante fuera de la escuela, escríbelo y llévalo a la
escuela. La escuela tiene muchas fuentes, pero la más importante debería
ser el mismo niño. Por lo que, claro, el niño tiene que explicar sus
emociones, pero esto no es un tema de psicología, el maestro no tiene
que tratar de interpretarlas, sino facilitar que se puedan expresar.
¿Qué le ha parecido la gestión de los distintos gobiernos en
relación a la pandemia y la infancia? ¿Ha tenido la ocasión de comparar
lo que hacían en distintos países?
He notado una sensibilidad distinta en distintos países. En países
como Nueva Zelanda o Suecia las autoridades han celebrado encuentros
virtuales con niños. También vi que en España hacían algo así. En
Argentina me llamó el ministro de Educación, al que yo no conocía, y me
pidió que le explicara lo que pensaba, y luego organizó un encuentro
público en el que participaron más de 100.000 personas. En Italia, en
cambio, nada de esto ha ocurrido. Lo hicieron algunos alcaldes
respondiendo a nuestra invitación, pero a nivel nacional no.
Pero lo que estoy viendo, sobre todo, es que estamos pensando en cómo
podemos volver a lo de antes. Y, por tanto, lo que ahora nos preocupa
es qué cosas raras tenemos que hacer durante este tiempo de espera
provisional, que esperemos que sea breve. Ahora mismo se van a abrir los
cines, y se están preparando para que haya siempre espacio entre
butacas. Esto no es preparar algo distinto para mañana, sino pasar la
temporada problemática a la espera de volver lo más pronto posible a lo
de antes, a cuando sea posible ocupar todos los sitios. Y así en
cualquier ámbito. Y lo mismo está ocurriendo en educación, lo cual me
parece un error. Los de la sala de cine pueden pensar que lo que tenían
antes ya estaba bien, pero no entiendo cómo la escuela puede pensar lo
mismo. En una encuesta que se hizo pública durante la cuarentena, Italia
aparecía en el penúltimo lugar en un ranking de analfabetismo
funcional. Tenemos un 30% de jóvenes que son analfabetos funcionales, es
decir, que aprendieron a leer y a escribir, pero que ni escriben ni
leen. También tenemos en Italia un porcentaje muy alto, mayoritario, de
niños que no quieren ir a la escuela, que sufren cuando van a la
escuela, y algunos lo somatizan hasta ponerse enfermos. La mayoría se
aburre, y cuando un niño se aburre en la escuela tampoco aprende o su
aprendizaje es superficial. Con este resultado, si en lugar de una
escuela fuera una empresa, debería cerrar. La Seat no podría existir si
el 30% de sus coches salieran mal de la fábrica. Einstein decía que si
queremos que algo cambie no podemos seguir haciendo siempre lo mismo.
Pues ahora lo que estamos haciendo son cosas raras, como dividir un
grupo en dos, para poder seguir haciendo lo de antes cuando todo pase.
Antes me hablaba de la ley ¿A qué se refería?
El psicopedagogo Jerome Bruner decía que lo peor de la escuela es que
los niños se aburren y que de esto hay que salir a toda costa, porque,
decía, si se aburren no puede ser educación. Por eso, para no hablar de
deseos que vayan a ser calificados de utópicos yo me refiero a la ley.
En la Constitución italiana se dice que el objetivo de la educación es
el pleno desarrollo de la personalidad, y este principio está recogido
también en el artículo 29 de la Declaración de los Derechos del Niño,
que es un tratado internacional y está por encima de las legislaciones
nacionales. El artículo de la escuela es el 28, ahí se habla de la
escuela pública, gratuita y obligatoria. Pero el artículo 29 habla de
educación, e involucra las responsabilidades de la familia y de la
escuela. Me gustaría que se asumiera este artículo como una refundación
de una nueva relación entre familia y escuela, querría ver a estas dos
entidades sentadas en una mesa, leyendo este artículo y preguntándose:
“¿Cómo lo hacemos?”. Porque el artículo habla de desarrollar la
personalidad de los niños, y sus aptitudes psíquicas y físicas hasta el
máximo nivel posible. Y esto, lo que significa no es que los niños
consigan los resultados que han previsto los adultos, sino que cada uno
pueda descubrir su vocación y recibir por parte de la familia y de la
escuela las herramientas para poder desarrollarla hasta el máximo nivel
posible. Diversos autores le han puesto nombres distintos a esto que la
ley llama aptitudes. Yo lo llamo “aquello para lo uno ha nacido”. Con lo
cual, la escuela no puede ser solo la de la lengua y las matemáticas,
porque si es así va a excluir a muchos alumnos. No los va a expulsar,
pero los va a excluir.
¿Pero entonces cree o no cree que va a haber algún cambio, o que volveremos a lo de antes?
Un consejero de Educación de una comunidad autónoma española me
preguntó lo mismo. ¿Cómo puedo favorecer el cambio?, me decía.
Presuponía que la mayoría de los maestros no quiere cambios y que solo
una minoría se atreve a hacer cosas. Yo le contesté que es muy sencillo:
usted tiene que ponerse al lado de los que cambian, que los que cambian
se sientan privilegiados, apoyados por el consejero, por le ministro;
es decir, yo no puedo obligar a todo el mundo a cambiar, pero sé que la
escuela lo necesita, los niños lo necesitan y la ley lo pide, pues
aquellos que se pongan manos a la obra tendrán más apoyo, y llegarán a
ser ejemplos para que más personas se muevan.
¿En qué dirección deberían ir esos cambios?
La escuela que yo imagino no está hecha de aulas. Pensar en aulas
supone utilizar menos de la mitad del espacio de la escuela, y además
son espacios cerrados, todas iguales, con el mismo mobiliario, y
volvemos a lo de antes, si no hay diversidad no hay vida. En la casa
cada espacio tiene una finalidad muy clara, y lo mismo en los espacios
donde trabajan los científicos, los artistas, los artesanos… Lo que yo
propongo es renunciar a las aulas para tener laboratorios, de manera que
cualquier espacio de la escuela se aproveche para hacer cosas
distintas.
Pero no es solo la escuela la que se tiene que hacer cargo de la
reapertura, esto es cosa de toda la comunidad. Lo que propongo es que se
cree una mesa que no sea ministerial, sino de ciudad, en la que se
sienten el alcalde, los docentes, los padres y los alumnos… ¡es muy
importante que no falte nadie! En Italia estamos esperando a que sea la
ministra quien nos diga cuáles son las reglas nuevas. Si a los niños les
damos reglas que vienen de arriba intentarán librarse de ellas, siempre
ha sido así, es casi imposible que respetes una regla que no reconoces
como tuya.
Como ha participado en el webinar de ‘Alimentando el cambio’
imagino que en el ámbito de la alimentación también pensará que hay que
cambiar cosas.
De todas las cosas que se están diciendo en Italia, posiblemente la
que más me gusta es la propuesta de que se coma en el aula. Yo hace 50
años que lo digo, porque siento una gran aversión hacia los comedores
escolares.
¿Y eso?
Muchos de los problemas de la mala alimentación tienen que ver con el
comedor. Son lugares donde se concentra demasiada gente, hay demasiado
ruido, y se tira demasiada comida ¡Todo es negativo! La comida tiene que
ser un momento de placer, de estar a gusto, de estar juntos, de
compartir un tiempo… Y de hacerlo con mucha autonomía. En muchas
escuelas te dicen lo que tienes que comer, cómo y en cuánto tiempo.
Cuando yo pregunto por qué os gusta el comedor, muchas veces me
contestan que allí los niños pueden socializar, pero eso es absurdo,
porque en una comida socializas con los cuatro que tienes al lado. Cien
niños en un comedor no tiene nada que ver con socializar.
Yo hace muchos años fui responsable de formación de una escuela
infantil en Livorno, en la que pasamos a comer en las aulas. Y el
comedor lo transformamos en un estupendo taller de arte. Y como las
cocineras no querían servir a los niños, solo llevaban a las aulas las
fuentes con la comida, con lo que los niños se levantaban con su plato y
se servían de lo que querían y la cantidad que querían, y tras unos
cuantos días de aprendizaje ya no se tiró nada de comida. Comían lo que
se servían y lo pasaban muy bien, preparaban las mesas… fue un cambio
total.
El día 26 de junio Francesco Tonucci participó en el 2º Encuentro Intergeneracional:

