Pablo Gutiérrez de Álamo,
La figura de Loris Malaguzzi, con su obra viva en Reggio Emilia, es sin duda un referente no solo en lo pedagógico sino en el modo en el que se ve y entiende a la infancia en sus primeros años de vida.
Decir Reggio Emilia o Loris Malaguzzi es hablar de cultura y
derechos de la infancia. Es hablar de respeto y comunicación
democrática, de construcción del conocimiento a través del diálogo de
las niñas y niños con su entorno, con la sociedad, la cultura y con las
personas que les rodean, sean adultas o no.
También es hablar de la ruptura de los muros. De los de las escuelas,
de los que separan el mundo adulto de la infancia. Una especie de totum
revolutum en el que la división entre quién enseña y quién aprende
queda diluida y transformada en la construcción individual y colectiva
del conocimiento y la cultura.
Reggio Emilia es una ciudad mediana en la región de la
Emilia-Romagna, con algo más de 160.000 habitantes, pero con una de las
redes de escuelas públicas municipales infantiles más conocidas del
mundo, ya desde los años 70 y 80. Sus centros educativos, dedicados al
0-3 y el 3-6, son ejemplo para miles de maestras y maestros por todo el
mundo y objeto de investigación también en medio planeta.
En sus aulas dos o tres maestras gestionan al mismo grupo de niñas y
niños; escuchan lo que tienen que decir estas personas a las que
entienden como sujetos de derechos, criaturas que forman parte del
mundo, de la sociedad y que, por tanto, influyen en él y lo transforman.
Esta es, tal vez, una de las características principales del modelo que
en su momento ideara Loris Malaguzzi.
El pedagogo nació un 23 de febrero de 1920 en Correggio (Reggio
Emilia). Para 1939 se gradúa en Pedagogía y tras la Segunda Guerra
Mundial comienza a participar en la gestión de una escuela infantil
creada por los habitantes de una aldea cercana a Reggio Emilia. A partir
de aquí comienza la aventura de una de las redes de centros de
educación infantil más universales que existe.
La base del proyecto es la construcción del conocimiento que cada
criatura realiza con aquello que tiene a su alrededor. Una especie de
investigación personal que comienza con el nacimiento y que, en el
modelo de escuelas que gestiona, se entrelaza con la investigación que
también maestros y maestras realizan mientras trabajan.
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| Taller de una de las escuelas municipales de Pamplona. Fotografía cedida |
Las criaturas han de estar en un conexto que les ofrezca los
suficientes estímulos para que mediante la exploración, el juego y la
participación puedan construir su conocimiento. De igual forma que niñas
y niños van experimentando, el cuerpo docente también lo hace,
observando su desarrollo, sus habilidades, van aprendiendo al mismo
tiempo cómo se realiza el aprendizaje. Esto empuja a que deban acompañar
este proceso con un importante trabajo de documentación de lo que va
ocurriendo.
Esta labor de documentación realizada por la maestra o la tallerista
pretende fijar cómo es el proceso de aprendizaje, de conocimiento de
cada criatura. No solo el resultado es importante. El cómo se llega a
una conclusión determinada es uno de los ejes principales de la labor
docente en las escuelas. Y para que esta labor de recogida de datos
pueda hacerse, además de que para que la acción educativa sea lo más
individualizada posible, uno de los pilares de Reggio Emilia y su modelo está en la pareja educativa.
También la participación democrática de las familias se convierte en
una de sus características. Familias que aportan y aprenden del equipo
docente, lo mismo que de las niñas y niños. Un aprendizaje de ida y
vuelta que no para.
El arte y la creatividad se convierten en piezas clave también de las escuelas reggianas
gracias a la introducción de la figura de la tallerista o atelierista.
Una persona con formación artística, no directamente relacionada con el
mundo educativo, que realice talleres creativos con las niñas y los
niños. El objetivo es mezclar creatividad, imaginación, observación y
rigor en la actuación de todo el grupo.
La creación de espacios luminosos y agradables como elemento
imprescindible del proceso educativo es otra de las características de
estas escuelas reggianas. Que niñas y niños se encuentren
cómodos, a gusto, que tengan suficientes materiales (muchos de ellos
naturales, de uso cotidiano) con los que puedan experimentar y jugar,
con espacios que se comunican fácilmente entre sí. El aula, el centro,
es «la otra maestra». Como lo es la ciudad, el territorio en el que se
inscribe la escuela y en el que las criaturas impactan a través de su
actividad cotidiana.
Aunque hoy día la red de escuelas de Reggio Emilia se ha convertido
en un referente mundial para muchas personas, no se ha extendido la
marca más allá de esta región italiana. Hay muchos centros educativos
por todo el mundo que desarrollan un trabajo muy similar, con la vista
puesta en el legado de Malaguzzi. Pero el hecho de que uno de los puntos
básicos de la pedagogía de Malaguzzi sea la relación de la escuela con
su territorio hace que no sea posible «franquiciar» su labor. Cada
centro educativo debe adaptar su realidad a la de su entorno, su
población.
A pesar de esto, existen muchas experiencias que pueden ayudar. La red de escuelas municipales de Pamplona
es uno de los mayores exponentes en España, junto a uno de sus «padres
fundadores», Alfredo Hoyuelos quien tuvo la oportunidad de trabajar
junto a Loris Malaguzzi y que estos días se encuentra en Reggio Emilia,
invitado con motivo de las actividades que se están desarrollando en la
región italiana con motivo de este centenario.
Otro ejemplo está en la RedSolare, desarrollada en diferentes países de América Latina.
La figura de Loris Malaguzzi, con su obra viva en Reggio Emilia, es
sin duda un referente no solo en lo pedagógico sino en el modo en el que
se ve y entiende a la infancia en sus primeros años de vida. Sujetos de
derechos, con capacidad de generarr su propio aprendizaje con el
acompañamiento del mundo adulto, que interactúa y facilita que los
entornos sean lo suficientemente estimulantes como para que todo esto
pueda ocurrir.

