Unos están fascinados con ella:
la ven como una heroína, como una Juana de Arco de los tiempos modernos o
como una Mafalda, una niña política que defiende la preservación del
planeta Tierra y que parece más inteligente que sus padres.
Otros están
enojados: ven en ella un títere ingenuo de opacos intereses adultos. Se
burlan de ella.
La joven ecologista Greta Thunberg se convirtió en una
nueva figura global. Dependiendo del punto de vista político de quien la
observa, es defendida u odiada.
El 20 de septiembre de 2019, el
movimiento #FridaysforFuture, inspirado y animado por la
adolescente sueca, celebró su mayor movilización de masas hasta la
fecha. En casi todos los países del mundo, jóvenes y adultos salieron a
la calle. Se estima que se habrían movilizado unas cuatro millones de
personas alrededor del globo.
Greta Thunberg, una estudiante de 16
años, es conocida en Europa desde hace un año. En Estados Unidos saltó a
la fama el mes pasado. Muchos estadounidenses la vieron por primera vez
cuando apareció en el Daily Show de Trevor Noah.
Allí, explicó con su conocida seriedad que al mundo le quedaba muy poco
tiempo, más precisamente ocho años y medio, porque al 1º de enero de
2018 solo restaba quemar 420 gigatoneladas de dióxido de carbono. Ahora
solo quedan 360 gigatoneladas, y en ocho años y medio el presupuesto se
agotaría si se mantiene el nivel actual de emisiones.
Además
de por su juventud, Greta Thunberg se ha vuelto popular por su
conocimiento de la situación climática y ambiental, por la firmeza de
sus convicciones y por las acciones que lleva a cabo. Los comentaristas
aseguran que es allí donde reside su poder para convertirse en un ícono.
La
activista climática no se relaciona bien con la ironía de los programas
de televisión estadounidenses. Cuando le preguntaron cuál había sido su
impresión de Nueva York al llegar en el barco Malizia,
respondió que olía mal. Su falta de ironía y su seriedad seguramente
tienen que ver con el síndrome de Asperger (condición de la cual ella
habla abiertamente) y con cierta dosis de franqueza nórdica. Todas estas
cualidades han influido en el nuevo movimiento ecologista. Se trata de
un colectivo que habla de modo realmente serio y que sostiene sus
argumentos y objetivos en los resultados de las investigaciones de las
ciencias. Está, de hecho, en las antípodas del lenguaje irónico de la
Generación X o de los millennials.
Greta
Thunberg es la gran cara global de este movimiento. Y su presencia no
deja de producir impacto. En agosto de 2019, al emprender su viaje de
Europa a Nueva York en un barco que no produce emisiones de dióxido de carbono,
provocó furor en los medios de comunicación y en el mundo político.
Además, sus intervenciones en la Conferencia Mundial sobre el Clima en
Katowice (Polonia) en diciembre de 2018 y en el Foro Económico Mundial
de Davos pusieron a los poderosos del mundo en una situación incómoda.
La joven de trenzas lanzó sus consignas («actúen» o «tengan pánico») y
atrajo la atención de todos. En especial, la de los medios europeos.
Pero su presencia en las manifestaciones de Nueva York y Washington, el
encuentro con Barack Obama, la aparición en el Daily Show y el
discurso ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones
Unidas el 23 de septiembre la convirtieron también en una figura popular
en Estados Unidos.
El movimiento masivo liderado por Greta
Thunberg se remonta a la «huelga escolar» del 20 de agosto de 2018. Ese
día, en lugar de concurrir a la escuela, se sentó frente al Parlamento
sueco con el fin de llamar la atención sobre el peligro que el cambio
climático representaba para las generaciones futuras. Su intervención
produjo un efecto de avalancha. En pocos meses surgió un movimiento de
masas conocido como #FridaysforFuture, que alcanzó su primer pico en marzo de 2019 con 1,5 millones de adolescentes y jóvenes que se lanzaron a la calle
a protestar y demandar un cambio de actitud en torno de la situación
climática. El movimiento es global, pero su centro está en el Norte. Y
aunque en muchos países el movimiento es liderado por mujeres
adolescentes, en ningún otro país del mundo la simbiosis entre el
movimiento y una persona es tan clara como en el caso de Greta Thunberg.
La
activista desencadenó no solo un movimiento político, sino también un
poderoso furor mediático. Los medios de comunicación y los comentaristas
se obsesionan con ella. Según algunos observadores, la veneración hacia
Greta Thunberg guarda similitud con fenómenos asociados al despertar
religioso. Pero este no es un problema de ella. Es, por el contrario, un
problema de la gente y de los medios de comunicación que reaccionan
frente a su acción y sus palabras. Mientras que en el espectro político
del ecologismo, en gran parte de la izquierda y en el mundo académico se
le profesa simpatía, la derecha y no pocos liberales les niegan a Greta
Thunberg y a sus compañeros el derecho a formular sus propias ideas y
metas políticas, tratándolos de inmaduros y malcriados.
Para la
periodista argentina Sandra Russo, se trata del primer caso de «bullying global», una caracterización hecha mucho antes del tuit de Donald Trump del 23 de septiembre, en el cual el presidente de Estados Unidos se burlaba de una adolescente de 16 años de otro país.
La
crítica según la cual las ideas de Greta Thunberg sobre el clima serían
potencialmente «antidemocráticas» ya que no dan lugar al compromiso
político real se basan en la idea de que la política funciona «solo paso
a paso, siempre en el camino del compromiso». Sin embargo, esta
posición puede verse como una forma de paternalismo blando. Las
denuncias punzantes de Greta Thunberg no caen en el vacío, son
intervenciones políticas descarnadas con el objetivo de polarizar a la
opinión pública. Su declaración de que «la pobreza de muchos paga el
lujo de unos pocos» es, según algunos comentaristas de la extrema
derecha, «el producto de una socialización y un sistema educativo» como el sueco, es decir, «de izquierda», que contendría una gran cantidad de críticas estúpidas al capitalismo.
Otros críticos denuncian que detrás de la joven sueca se esconden padres (y madres) ecologistas fanáticos o los lobbies del «capitalismo verde». Más concretamente, We Don’t Have Time AB,
una empresa sueca para proyectos ambientales fundada en 2017 por el
especialista en relaciones públicas Ingmar Rentzhog, que dio amplia
cobertura a las huelgas escolares que Greta Thunberg realizó en 2018. El
27 de noviembre de ese año, We Don’t Have Time AB anunció una emisión de títulos en la bolsa y en el folleto publicitario la empresa mencionó a Greta Thunberg 11 veces. A comienzos de este año, ella y su familia aseguraron que ya no mantienen contacto con la firma. Otros apuntan al infaltable George Soros, el fantasma de la derecha alternativa global.
Todo
parece indicar que cuanto más popular y disruptivo se vuelve el
movimiento climático, más virulento es el rechazo de los que consideran
el cambio climático como una conspiración de fanáticos y la protección
del clima como pura tontería. La severidad de las reacciones hacia una
adolescente de 16 años nos debe hacer reflexionar. Algunos psicólogos tratan de explicar
que es bastante improbable «el ‘viejo’ hombre blanco cambie su actitud
hacia la protección del medio ambiente», por lo que tiene que atacar a
Greta por su enfermedad, por su edad o por la aparente manipulación de
su activismo. Pero detrás de las críticas hay mucho más que la
intransigencia de toda una cohorte generacional masculina. Los ataques
pueden ser la señal de que ella y los jóvenes del movimiento han logrado
golpear un punto sensible del núcleo de poder. ¿Acaso Greta Thunberg
cuestiona el sistema?
En la conferencia sobre el clima celebrada
en Katowice en diciembre de 2018, la joven sueca subrayó que la política
todavía no había entendido la gravedad de la crisis climática. Dado que
la clase política actúa de forma irresponsable, le corresponde a la
generación más joven tomar las riendas de su futuro y hacer lo que la
política de los adultos debería haber hecho hace mucho tiempo. Es tarea
de los jóvenes comprender lo que las generaciones precedentes han hecho
con el cambio climático y dar una respuesta al caos que han heredado.
Los jóvenes deben asegurarse de que sus voces sean escuchadas.
En
todos sus discursos, Greta Thunberg deja claro que, si no toman medidas
reales y concretas para enfrentar la actual situación, los políticos
estarán actuando de forma irresponsable. Sostiene que las naciones ricas
tienen una obligación mayor de reducir las emisiones más rápidamente.
Exige que países como Suecia reduzcan sus emisiones de combustibles
fósiles en un 15% anual. Y que los países ricos reduzcan sus emisiones a
cero en un plazo de seis a doce años. Esto permitiría a economías
emergentes como las de India y Nigeria un margen de tiempo suficiente
para adecuar su infraestructura.
La principal preocupación del movimiento #FridaysforFuture
es, por lo tanto, que las medidas de protección climática se adopten de
la forma más amplia, rápida y eficaz posible, a fin de alcanzar el
objetivo de limitar el aumento de la temperatura a 1,5 ºC, límite
establecido en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio
Climático que se celebró en París en 2015 (COP 21) y adoptado por la
ONU. Estas posiciones no parecen cuestionar el sistema en sí; son
simplemente un llamado a la razón y al cumplimiento de objetivos ya
establecidos.
La capacidad de persuasión del movimiento no surge
de posiciones teóricas (como en 1968), sino simplemente de «decir lo que
sucede». Es decir, de insistir sobre el hecho de que, como señalan los
informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio
Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la crisis climática se ha
agravado en los últimos 20 años y, pese a ello, la política está
haciendo muy poco para cambiar de rumbo. La activista alemana del
movimiento climático Luisa Neubauer comenta que «el campo de batalla está entre los que más se benefician del statu quo
y los que más pierden». Y agrega: «Nosotros, los jóvenes, nos
preguntamos: ¿por qué las cosas son como son cuando simplemente podrían
ser diferentes? Y tenemos que hacerlo a todo volumen porque no tenemos
absolutamente nada que perder, excepto nuestro futuro».
En
el movimiento que simboliza Greta hay potencial suficiente para un
conflicto generacional: votantes del futuro se están movilizando contra
los intereses del presente. Y no están solos. Muchos adultos están
dispuestos a cambiar su comportamiento y también exigen una política
diferente. Ello quedó demostrado en la nutrida participación de adultos
en las manifestaciones del pasado 20 de septiembre.
La joven sueca
logró crear una movilización de masas a través de sus declaraciones,
acciones en la vía pública e intervención en los medios de comunicación.
Su objetivo no es ni puede ser resolver la crisis climática. Pero ha
obtenido un resonante éxito político más inmediato: una toma de
conciencia generalizada y global sobre la urgencia del cambio climático.
Lo que dice y hace influye ya en los debates políticos de diferentes
países y pueden verse los primeros pasos, todavía tentativos, en la
dirección correcta. Sin ella, esto difícilmente estaría ocurriendo.
El
Partido Verde Europeo es uno de los principales beneficiarios de la
publicidad, las huelgas y las manifestaciones del movimiento climático.
En Alemania, los Verdes obtuvieron 20,5% de los votos en las elecciones
europeas de 2019 y 33% de los votos de los menores de 30 años. El
comportamiento electoral de los jóvenes no es solo una expresión de su
simpatía por la causa ecologista; es también el reflejo de la profunda
crisis que atraviesa la socialdemocracia alemana. Muchos ciudadanos ven
en las preocupaciones del movimiento #FridaysforFuture las mismas
causas que los Verdes, a pesar de que en la actualidad este partido
está bastante alejado de la radicalidad que manifestaban sus fundadores.
El hecho de que en los congresos del partido los políticos
verdes aplaudan las posturas críticas de la generación más joven –que
expresan un fuerte rechazo a las decisiones de la generación adulta–
podría verse como una forma de subestimación pedante o aduladora que,
esperemos, no subvierta aún más la democracia representativa.
Greta
Thunberg y el nuevo movimiento climático crearon un nuevo sujeto
político. Necesitarán mucha paciencia para continuar su campaña. La
fascinación con lo novedoso del fenómeno y el magnetismo personal irán
perdiendo fuerza y también se debilitarán el interés y la ola de
simpatía de los inicios. Los medios tradicionales y las redes sociales
de hoy no se caracterizan por su perseverancia. Greta Thunberg volverá a
la escuela. Su generación tiene toda una vida por delante. Si algo
muestra este movimiento es el compromiso democrático. Esperemos que la
mayoría de los jóvenes digan no al fatalismo y la resignación. Cabe
esperar, también, que llegue el momento en que se tome conciencia de que
la cuestión ambiental no puede ser resuelta escindiéndola de la
cuestión económica y social. Una y otra están indisolublemente unidas y
forman parte de un mismo problema.
Greta empieza a ser conocida en
América Latina. La urgencia de las crisis sociales y económicas en
muchos países de la región hace que las cuestiones ambientales pasen a
un segundo plano. La adolescente sueca anunció que en diciembre de 2019
viajará de Estados Unidos a Chile para la COP 25. Todavía no sabemos cómo realizará ese viaje sin producir emisiones contaminantes.
Esa distancia es mayor que la que separa Europa de Nueva York y no
existen líneas de ferrocarril que permitan recorrer ese largo trayecto.
Esto es por ahora un enigma. Independientemente de ello, cabe suponer
que este nuevo desafío acercará a Greta a los enormes problemas sociales
de América Latina. El viaje a Chile le abrirá los ojos a otra realidad
muy diferente de la que ella conoce, una realidad que ojalá contribuya a
que vea con más claridad hasta qué punto la cuestión ambiental y la
cuestión económica son dos caras de una misma moneda. En Nueva York, en
la sede de las Naciones Unidas, ya ha dado un paso en esta dirección
cuando exclamó con voz temblorosa a los jefes y las jefas de Estado del
mundo:
«¡Cómo se atreven! Estamos al principio de una extinción
masiva y de lo único que ustedes pueden hablar es de dinero y de los
cuentos de hadas del crecimiento económico eterno. ¡Cómo se atreven!».