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| Foto: Istock/EC Diseño. |
A finales de los años ochenta, la Asociación Americana de Psiquiatría
dio un paso que cambiaría para siempre la historia de la salud mental.
Aunque se había hablado de los problemas de concentración de los niños
desde principios de siglo, fue entonces cuando se les dio el nombre “trastorno de déficit de atención con hiperactividad”, que puso sobre la mesa que si un niño se distraía demasiado, quizá no es que simplemente fuese un niño despistado,
sino que sufría una enfermedad que podía (y debía) ser diagnosticada.
En muy poco tiempo, el número de diagnósticos se disparó y cientos de
miles de niños empezaron a ser tratados farmacológicamente.
Durante los últimos años, cada vez más evidencia científica
apunta a la posibilidad de que, aunque el aumento de casos fuese
razonable, se estuvieron diagnosticando casos que en otras
circunstancias no habrían sido calificados de TDAH por distintos
motivos.
Por ejemplo, el pasado año, 30 años después, una metainvestigación (Sobrediagnóstico del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad en Niños y Adolescentes: Una Revisión Sistemática de Alcance ) señalaba que probablemente se había producido un sobrediagnóstico (y sobretratamiento)
de los casos más leves: se consideraba enfermedad las que eran rasgos
de personalidad, como impulsividad o falta de atención.
Saltemos a 2022. Hoy, alrededor de uno de cada siete
adolescentes de 10 a 19 años en todo el mundo ha sido diagnosticado con
algún problema de salud mental, como alertaba Unicef en su informe
sobre el estado mundial de la infancia. En España, el país europeo con
una cifra más alta de adolescentes diagnosticados, el porcentaje es aún
más alto: el 20,8% (21,4% de las niñas y 20,4% de los niños), más de la quinta parte. Según la estadística y la forma de cuantificarlo, el número puede ser aún mayor. Hace menos de un mes, una encuesta
realizada en EEUU mostraba que el 42% de la generación Z (los nacidos
entre 1995 y 2010) está diagnosticado con un problema de salud mental.
Ansiedad, depresión, TDAH (Trastorno de Déficit de Atención) y TEPT
(Trastorno de Estrés Postraumático) son los más frecuentes.
Hoy, un 15,9% afirma padecer un problema de salud mental continuo; en 2017, era el 6,2%
La pregunta del millón es, por lo tanto, cómo hemos llegado
hasta aquí. No solo es que hace unas décadas estos niveles fuesen
impensables, es que hace apenas un lustro la percepción que teníamos
sobre salud mental era muy diferente. El barómetro sobre salud y bienestar juveniles
realizado por la FAD y el Centro Reina Sofía sobre adolescencia y
juventud muestra cómo entre 2017 y 2021, los años en que la salud mental
dejó de estar estigmatizada, la percepción ha cambiado por completo.
Hoy, un 15,9% de jóvenes señala que ha padecido algún problema de salud
mental continuamente o con frecuencia, cuando hace menos de un lustro
era apenas un 6,2%.
¿Aumentan los casos o aumentan los diagnósticos, tienen los
jóvenes cada vez más problemas o están sobrerrepresentados? El caso del
TDAH da alguna pista. Si bien es cierto que los problemas de déficit de
atención habían aumentado en las décadas anteriores por distintas
razones, también era posible que se hubiese producido un diagnóstico
equivocado al atribuir explicaciones patológicas a comportamientos en
principio naturales. Pablo Malo, psiquiatra en el Servicio Vasco
de Salud y divulgador psicológico, recomienda cierto escepticismo,
especialmente con las cifras estadounidenses: “Algunas provienen de
encuestas y por tanto son autorreferidos y algo menos fiables”.
Son los dos pilares de lo que algunos han llamado epidemia
psiquiátrica. Por un lado, un empeoramiento objetivo de la salud mental
de grandes capas de la comunidad, asociado a la incertidumbre, la falta
de esperanza en el futuro o las condiciones sociales. Al mismo tiempo,
una preponderancia de los discursos psiquiátricos que ha terminado
provocando que la terapia, después de décadas de estigmatización, se
haya convertido en la respuesta a problemas muy variados. Una mayor conciencia sobre la salud mental y un deterioro de las condiciones objetivas. Como señalaba recientemente Elisa Seijo,
presidenta de la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, “por un lado, la
sociedad vende la necesidad de estar contento y feliz, una felicidad
enlatada de frases fáciles; por otro, es cierto que las cifras de la OMS
son rotundas”.
Malo habla del “contagio social” como algo plausible. “Una
influencia de los medios de comunicación en sentido amplio (incluidas
las redes sociales) y una magnificación del problema que permite que los malestares y las crisis vitales se conviertan en trastorno, que lo que ha sido siempre psicología sea ahora psicopatología”, valora. Además, la sobrecarga de la atención primaria en España puede haber influido en este boom. “Los médicos de atención primaria
tratan ellos mismos estas patologías menores y es posible que ahora se
vean desbordados para hacerlo y nos deriven más”, razona.
«Cuando estás en una consulta ves rápidamente si, por ejemplo,
se ha publicado que un ibuprofeno ha salido caducado: lo que adquiere relevancia en la sociedad tiene un reflejo claro», explica Juan Antonio López Rodríguez,
médico de familia del Centro de Salud General Ricardos y miembro del
grupo de Salud Mental de SEMFYC. «Uno de los principios básicos es que
parece que cada vez que vas a una consulta tienes que salir con un diagnóstico y un tratamiento«. Sin embargo, en muchos casos se trata de malestares que no tienen por qué convertirse en enfermedades, explica.
López publicó un paper sobre
sobrediagnóstico en salud mental que señalaba a los sospechosos
habituales: el ya citado TDAH, ansiedad o depresión. «A medida que pasa
el tiempo, se diagnostican más cosas, pero no solo en salud mental, sino
también en otros campos; sin embargo, algunas no van a producir una enfermedad grave«.
Hay razones para este aumento de los diagnósticos. Generan más
tranquilidad al paciente, pero también permiten gestionar bajas o
proporcionar medicamentos. «Eso se deriva en que hay etiquetas que
aparecen porque tienes que poner una etiqueta», añade. «Me pasó hace
poco en una charla sobre el cáncer: es difícil decirle a alguien que
tiene cáncer de tiroides que está mal diagnosticado, porque en realidad
no iba a repercutir en su vida, que iba a morir con ese cáncer sin que
le afectase. Las etiquetas no son todo, y en salud mental menos».
«En algún momento, parece que no eres nadie si no tienes tu diagnóstico«
Esto se acentúa aún más en el caso de los niños y adolescentes,
que como señalan padres y profesores, han encontrado su identidad
colectiva en el reconocimiento de determinados diagnósticos. “Todas las
personas tenemos necesidad de ponerle nombre a las cosas que nos
ocurren, porque si no, nos movemos en una experiencia emocional sin nombre”, valora Roger Ballescà,
psicólogo del Hospital Sagrat Cor de Hermanas Hospitalarias. “Lo que es
cierto es que se han popularizado determinados diagnósticos, en algún
momento parece que no eres nadie si no tienes tu diagnóstico”.
El caso de los trastornos adaptativos
Si revisamos las pirámides de impacto de enfermedades mentales
entre la población española, en casi todos los casos (de ansiedad a
depresión) estas tienden a aumentar con la edad, tocando techo entre los
cuarenta y los sesenta. Con una ilustrativa salvedad, la de los trastornos de personalidad,
donde son mucho más elevados entre los cinco y los 25 años. Son los
trastornos límites (esquizoide o histriónico), los relacionados con los
impulsos (como la adicción al juego) o los trastornos de conducta.
Ocurre algo semejante con los trastornos adaptativos mixtos, ya que, como señala Malo, es “relativamente sencillo diagnosticar a
alguien de un trastorno adaptativo con síntomas mixtos de ansiedad y
depresión, que ya es un diagnóstico psiquiátrico”. Por eso los
diagnósticos más comunes están relacionados con la ansiedad, la
depresión y el TDAH, señala el autor de Psiquiatría evolucionista: una
introducción. “Cualquier problema personal o estrés de la vida diaria,
sea a nivel laboral o interpersonal, da lugar a una serie de síntomas
como insomnio, ansiedad, bajo ánimo, preocupaciones obsesivas, etc., y
ello ya cualifica para esta etiqueta diagnóstica”.
La tribu ha desaparecido
Los niños y adolescentes viven en una sociedad en la que la
ansiedad al futuro es cada vez más fuerte. Pandemia, crisis económica,
guerra y crisis energética, magnificadas por los medios de comunicación,
generan el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de problemas
mentales. “En general, no tenemos una sociedad demasiado amiga de la
infancia ni de la adolescencia, sino que crea muchas presiones de todo tipo sobre niños y adolescentes”,
explica Ballescà. “Somos una sociedad que tolera muy poco las
frustraciones, les pedimos mucho pero acompañamos poco a nuestros hijos e
hijas”.
«Tendemos a colocar el diagnóstico en los chicos, pero el diagnóstico es social»
Ballescà matiza que él no considera que haya un sobrediagnóstico como tal, sino “un desplazamiento del diagnóstico”
que tiende a situar el foco en el individuo, en este caso, entre los
jóvenes. No se trata de que haya un exceso de diagnóstico, porque como
explica, “probablemente un chico que amerita un trastorno de ansiedad,
lo tiene”, sino que el diagnóstico más preciso atendería también a lo
social. “Tenemos tendencia a colocar el diagnóstico en los chicos y
chicas, entre los que aumentan la depresión, la ansiedad y la hiperactividad, pero muchos de estos trastornos son adaptativos. Lo que hay que preguntarse es qué hace que esos chicos tengan tantas dificultades”.
A ello hay que añadir el elemento agravante de la pandemia y sus consecuencias. Como asegura Cristina Larroy,
directora de la Clínica Universitaria de la Psicología de la
Universidad Complutense de Madrid, todos los estudios señalan en la
misma dirección. No es casualidad, especialmente en lo que concierne a
la ansiedad y los trastornos de los estados de ánimo, ni considera que
haya un sobrediagnóstico. La investigadora apunta a la pandemia, con el
vuelco de estilos de vida que ha provocado, como el gran catalizador.
“En la adolescencia los jóvenes empiezan a tener otro rol distinto al
que tenían en la niñez, y al que van a tener en las edades adultas”,
explica. “Eso genera, como toda época de transición, incertidumbres y vulnerabilidad”.
La referencia ya no es tanto la familia como los amigos, y sin
embargo, durante meses (o años) la socialización de estos con los
adolescentes se ha reducido a lo mínimo. “La adolescencia y principio de
la juventud es una época en la que puede haber muchos roces familiares,
porque las personas están intentando encontrar su hueco y para eso
tienen que enfrentarse a lo que hay”, prosigue Larroy. “Por tanto,
imagínate que estás durante un mes y medio rodeado de tu familia y sin
el apoyo de tus amigos. Esto ha hecho que los problemas emocionales y de
estado de ánimo de los jóvenes, que ya están en una situación de
vulnerabilidad, se hayan disparado”.
Entre los diagnósticos más comunes que se han encontrado están
los de ansiedad y trastornos del estado de ánimo, que son los que, como
explica la psicóloga, “aparecen después de una situación como la que hemos vivido”. Ya ocurrió después de las cuarentenas mucho más limitadas
de SARS en Canadá y Hong Kong, añade, así que los efectos tras una
pandemia que ha provocado el cambio en los estilos de vida de millones
de personas es aún más agudo. “Entre las mujeres, lo que también han
aumentado han sido los trastornos de conducta alimentaria”, explica.
La psicopatologización de la vida cotidiana
Una observación frecuente es que se han patologizado muchos
problemas que simplemente formaban parte de la experiencia humana. Donde
antes había una dificultad, ahora hay una enfermedad. “Otra de las
problemáticas es el etiquetaje o la psicopatologización, que supone
atribuir una casualidad patológica a algo que en realidad corresponde a
un malestar asociado al hecho de vivir”, coincide Ballescà. “El problema
no es el nombre que le ponemos a la cosa, sino el malestar que existe:
ese malestar tiene que ser atendido, seguramente no necesita un
diagnóstico clínico pero sí una atención, y no vivimos en un entorno
social demasiado adecuado para hacerse cargo de esos malestares que
forman parte de la experiencia de vivir”.
«Los psiquiatras cumplimos el papel que antes cumplían otras instituciones sociales«
Para Malo, “esta psicopatologización y psiquiatrización de la vida cotidiana es algo que viene de lejos”. El autor de Los peligros de la moralidad achaca a “la disolución de estructuras que
antes nos ayudaban a manejar problemas de la vida diaria (la familia
extendida, el sacerdote o la religión en general, los vínculos con la
comunidad)”, esta mirada hacia la psicología como tabla de salvación en
la ausencia de otras soluciones.
“Hoy en día, los psiquiatras cumplimos ese rol que antes jugaban otras instituciones sociales y, por otro lado, animamos continuamente a la gente a recurrir a psiquiatras y psicólogos,
así que tampoco es sorprendente que la gente lo haga”, añade con
autocrítica.
El círculo se cierra: cuando se abren las puertas a hablar
de salud mental, es normal que muchas más personas acudan a consulta, lo
que provocará que aumenten los diagnósticos.
Pero también a que esta se
convierta, en algunos casos, en una panacea que nos haga olvidar que
nuestro problema no es solo nuestro, sino de todos; que el cambio no
afecta únicamente al individuo, sino a una sociedad enferma.
