Nacer nos hace sujetos políticos. 
Y todos y todas (también los adultos) estamos en constante cambio, 
en (trans)formación, completos e incompletos.
«Todos tenemos que crecer».



Lxs niñxs, adolescentes y jóvenes son personas. 

No están “en formación” más de lo que estamos los adultos. Hace poco, en la Semana del Álbum,
expuse un recorrido de libros con infancias en resistencia que dicen
“¡basta de callarnos!” y compartí lo que me parece un error recurrente
en muchos discursos adultocentristas alrededor de las infancias y
juventudes. Con aquella retahíla de “lectores en formación”, “niños y
niñas en formación”, “jóvenes formándose”, pareciera que nos colocamos
en una tarima, siempre superior, de personas completas, “graduadas”, que
dictan y callan y desestiman a niños, niñas, adolescentes y jóvenes
como sujetos políticos. Como si ser sujeto político fuera un lugar fijo,
estático, al que se asciende un buen día, una vez que hemos terminado
de “formarnos” (¿cuándo? ¿en la mayoría de edad? ¿en la jubilación?), y
es hasta entonces que tenemos verdadero criterio y contamos. 
Nacer nos
hace sujetos políticos. Y todos y todas estamos en constante cambio, en
(trans)formación, completos e incompletos.

La
mirada en ángulo cenital, tan recurrente, recuerda las palabras de
Graciela Montes en su artículo “No hay como un buen ogro para comprender
la infancia
”, publicado en El corral de la infancia
(FCE, 2000): “Lo que hace que la infancia sea infancia, lo que la
define, es la disparidad, el escalón, la bajada
. Adulto-niño,
grande-chico, maestro-alumno, el que sabe y el que no sabe, el que puede
y el que no puede. Lo desparejo. Una relación marcada irremediablemente
por la hegemonía. En primera y última instancia una relación de poder
que acarrea la dominación cultural…
”.

El nacimiento de la infancia en nuestra
cultura ha significado cambios revolucionarios en la forma en que
organizamos nuestra vida diaria y la participación activa de los niños y
niñas en esta, pero, amparados en la fragilidad infantil humanista y
luego romántica, también se les ha inhabilitado y disminuido al rol de
angelitos ajenos al mundo real.  

Las personas de 3, 5, 8, 11, 13, 17 años
de edad no están a medias, son personas enteras de esas edades que
saben, tienen derechos, agencia y opiniones. Llevó su tiempo, pero
niños, niñas y sus cómplices, con voz y voto, consiguieron que un 20 de
noviembre de 1959 las Naciones Unidas publicara la Declaración Universal de los Derechos del Niño.
Más importante aún fue hacer esta declaración un instrumento
jurídicamente vinculante, es decir, los Estados que la firman tienen una
obligación legal de cumplirla. Ello se logró otro 20 de noviembre, pero
de 1989, con la aprobación de la  Convención de los Derechos del Niño. Y es al día de hoy el tratado internacional más ratificado (aunque falte tanto camino para que se respete).

Dice la ONU en su página: “Esta
Convención, la más universal de los tratados internacionales, establece
una serie de derechos para los niños y las niñas, incluidos los
relativos a la vida, la salud y la educación, el derecho a jugar, a la
vida familiar, a la protección frente a la violencia y la
discriminación, y a que se escuchen sus opiniones”.

La Revista de la Universidad-UNAM me
encargó que escribiera un artículo sobre la visión de los niños y niñas
sobre el futuro, para el número de diciembre-enero. Les interesaba un
enfoque como el de mi artículo “¿Cómo contarles Ayotzinapa?“. Así que diseñé un cuestionario, en el ánimo de las Autoentrevistas de Wonder Ponder,
con posibilidad de ser modificado por el entrevistado, y, con la ayuda
de amigos y amigas mediadores recopilamos 68 testimonios. Comparto aquí
un adelanto coral con algunos deseos de lxs niñxs para el futuro: “que
los niños no sean maltratados”, “que haya más respeto entre niños y
niñas”, que no existan: “enfermedades ni enfermos”, “violencia”,
“bullying y drogadicción”; “que no roben a los niños y las niñas”, “que
se resuelvan las desapariciones y muertes de los niños”, “que disminuya
la contaminación”, “que el país no sea tan estricto”. 

En
estos tiempos pandémicos, a muchxs de ellxs les preocupa
particularmente la enfermedad y la muerte, y muestran una suerte de
aversión a la tecnología por exceso de exposición a dispositivos
electrónicos. “¡No más pantallas!”, citaba antier Beatriz Helena Robledo
a un niño lector en un conversatorio dentro del Séptimo Seminario de
Fomento a la Lectura de la UNAM.

La ONU también reconoce en su página
sobre el Día Universal del Niño: “La crisis de la COVID-19 ha resultado
ser una crisis de los derechos de los niños
”.
 

¿Harán referencia al incremento en la
violencia doméstica, las limitaciones para estudiar, la reducción de
convivencia con pares, la falta de atención médica? Traducido así en
derechos: “Derecho a la protección contra el abuso y la discriminación”,
“Derecho a la educación”, “Derecho a reunirse con otros”, “Derecho a
una vida segura y sana”. Muchos de estos derechos fueron publicados en
un hermoso libro en el que dialogan con poemas de María José Ferrada e
ilustraciones de Francisca Yáñez: Los derechos de los niños (un árbol de pan, un abrigo y una nube donde jugar) (Planeta, 2018). Me gusta en particular este que hace referencia a los amigos y amigas:

Otro libro, de descarga gratuita, de María José Ferrada es Ronda que abraza la tierra que
contiene la declaración Universal de Derechos Humanos ilustrada por
Karina Letelier y resumida para niños y niñas (Fundación de
Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad, 2020).

También han circulado recientemente muchas reediciones de la La anarquía explicada a los niños, publicada originalmente en 1931 por José Antonio Emmanuel, impulsor de la Biblioteca Anarquista Internacional (B.A.I.)

Aunque el contenido es emancipador, el tono indicativo delata su carácter arcaico y un tanto aleccionador. Encuentro mayor sentido en las publicaciones que no le dicen al
niñx “habla”, sino que lo dejan hablar, le dan espacio en la página.
Hice un recuento de este tipo de libros colaborativos en esta entrada La imaginación inigualable.

Se suma a ese corpus que escucha con atención y fascinación a lxs niñxs, Crónicas de infancia de Joaquín Vazquez (Kintsugi,
2018), notable híbrido entre ensayo y microficción, diario y
testimonio, de un profesor de filosofía, poeta y, como revela frente al
grupo de chicos y chicas, marciano. Un adulto que asume toda
subjetividad en su voz y en su elaboración literaria pero que también
quiere ser fiel a la espontaneidad y hondura de sus interlocutores.

“Mi experiencia con los
niños no me tiene como protagonista, soy su testigo. La excepción a eso
está dada por mis recuerdos, tergiversados por la mediación del tiempo,
opacados por el mundo adulto. La infancia es una promesa que, en la
época que atravesamos, parece volverse imposible”, dice en uno de los
microensayos de su libro, parte de una selección que preparó
generosamente para el blog.

Entre la defensa de los derechos de lxs
niñxs (y un día simbólico, 20 de noviembre, tan importante), el Día
Mundial de la filosofía (19 de nov.) y los 100 años de Bradbury (sus Crónicas marcianas son código familiar entre Joaquín y su grupo, y eje narrativo de su libro), no puedo encontrar mejor representante que este sensible
antropólogo de la infancia, uno de esos aliados con los que niños,
niñas, adolescentes y jóvenes han contado para contar su versión, uno de
esos que los reconocen como personas y habilitan espacios críticos de
conversación, pensamiento y agencia política. Un profe un poco marciano,
sí.

“La infancia es, siempre, otra cosa,
renueva el mundo con su voz excéntrica e impredecible. No puede
calcularse ni normalizarse sin perderse”, escribe Joaquín. Que así sea y
que disfruten de este vistazo entrañable e inspirador a sus Crónicas…

Adolfo Córdova

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