Entrevista Juan Manuel Trujillo*, quien defiende las bondades de unos centros 
con ratios bajas y en los
que los alumnos pasan mucho tiempo al aire libre:
“Deberíamos mirar más a la escuela rural porque allí están muchas de las respuestas 
para los desafíos educativos ante los que nos ha puesto la pandemia”.


Juan Manuel Trujillo trabajó 14 años en escuelas rurales de Ciudad Real y Granada y es el director de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Granada.
Juan Manuel Trujillo*

Pregunta. ¿Qué ventajas tiene la escuela rural en este contexto?
Respuesta.

Pone el foco más en las capacidades y competencias que en los
contenidos, lo que llamamos el desarrollo competencial. Y construir
ciudadanos capaces es clave para hacer frente a situaciones como esta.
Las escuelas rurales suelen trabajar por proyectos, retos, resolviendo
problemas de su entorno, involucrando a la comunidad. Eso desarrolla
todas las competencias del currículo con alumnos muy implicados. El
contacto con el medio, con el entorno, es más fácil y directo ofreciendo
oportunidades mucho más significativas que en la escuela urbana. Por
eso suelen ser más innovadores.

P. ¿Es más segura?
R.
Por supuesto. Tienen ratios muy bajas y están constantemente saliendo
al exterior y aprendiendo al aire libre, dos elementos condicionantes en la evolución de la pandemia.
Deberíamos mirar más a la escuela rural porque allí están muchas de las
respuestas para los desafíos educativos ante los que nos ha puesto la
pandemia.

P. ¿Cuáles?
R. Que
funcionan mejor los grupos con menos alumnos, que es más eficaz
trabajar por proyectos, que debemos incorporar el entorno y el aire
libre en la escuela… Y, además, es una oportunidad para que se
engrandezca el entorno rural, para que volvamos a lo esencial. La gente
está volviendo a los pueblos porque garantiza la salud, ofrece otro
ritmo de vida y de aprendizaje más flexible

P: ¿Y qué inconvenientes tiene?
R.
La inestabilidad del personal, que no suelen ser del propio pueblo y
están de paso. También hay algunos problemas de conectividad, según
dónde se encuentren, y quizás el acceso a la cultura que está
centralizada en las zonas urbanas, aunque también se pueden organizar
actividades complementarias puntuales.

P. Las
escuelas que trabajan por proyectos fueron las que tuvieron menor
porcentaje de alumnos desconectados cuando cerraron los colegios.
¿Ocurrió también en la escuela rural?

R. Los
problemas en la escuela rural fueron de conexión, pero también vimos a
comunidades enteras volcadas en sacar adelante a sus alumnos con
alcaldes llevándoles las tareas a sitios remotos. Porque la escuela
rural no es solo el colegio, es la garantía de futuro, es una forma de
vida, una manera de entender la comunidad y la responsabilidad
comunitaria. Hay una mayor conciencia de colectivo que en la ciudad,
donde esa responsabilidad se disipa.
“Deberíamos
mirar más a la escuela rural porque allí están muchas de las respuestas
para los desafíos educativos ante los que nos ha puesto la pandemia”


P. ¿Qué ventajas tiene para los alumnos?
R.
Al ser grupos reducidos, es mucho más personalizada la educación, es
más habitual que trabajen en torno a los intereses de los estudiantes.
Al trabajar resolviendo problemas, los alumnos son mucho más autónomos, y
eso, por ejemplo durante el cierre de las escuelas, se notó; eran menos
dependientes. Otra ventaja es que, al ser grupos intergeneracionales, hay un proceso de aprendizaje entre iguales que hace la enseñanza más efectiva. Y la escuela los capacita como
agentes del cambio. En realidad, el colegio rural es la prolongación de
una forma de vida que se relaciona con su entorno y su comunidad. Hay
más compromiso para lo social, un mayor orgullo de pertenencia. Y eso
fomenta un alumnado más responsable de lo que son los niños de la
ciudad. Les importa mucho lo próximo, su localidad, su colectivo y
ejercen un ejercicio de ciudadanía más responsable, más de cuidados, que
en tiempos de pandemia es clave.

P. ¿Qué recuerda de su etapa de maestro rural?
R.
Me viene a la cabeza la palabra felicidad: la unión de la persona con
su entorno, un entorno en el que todos cuentan y todos son partícipes de
los procesos. También recuerdo mucha libertad e imaginación en el
desarrollo curricular. No necesitaba demasiados materiales, la gente se
valía de lo que había, y los alumnos tenían necesidades más sencillas.
Todo es más vital, más esencial, menos materialista. Y me hacía mucha
gracia que el programa favorito de mis estudiantes era Jara y Sedal. ¡No se lo perdían!

*Juan Manuel Trujillo (Heidenheim, Alemania, 1972) es director del departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Granada. Con más de 14 años de experiencia previa en escuelas rurales de Granada y Ciudad Real, asegura que el sistema educativo debería aprender de las fortalezas de estos colegios de pueblo para superar muchas de las dificultades surgidas durante la pandemia.

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